10/1/16

Destrucción mutua asegurada


“Destrucción mutua asegurada” fue la conclusión a la que llegaron los expertos militares durante la guerra fría entre los EEUU y la Unión Soviética. El arsenal nuclear de los dos bandos enfrentados era tan extenso y poderoso, que cualquier tentación de recurrir a él para empezar una guerra hubiera llevado sin duda alguna a la aniquilación de la humanidad. Esta realidad provocó una situación de equilibrio basado en el terror que, a pesar de todo, estuvo a punto de romperse varias veces a pesar del riesgo de llevar al planeta a la destrucción.

La última vez que la guerra fría estuvo a punto de transformarse en una locura autodestructiva fue a finales de los años 70 y principios de los 80 del S. XX. La culpa fue de la profunda desconfianza que ambas partes sentían la una hacia la otra. A pesar de los diferentes ‘sustos’ que ya había sufrido el mundo, de la certeza de que no se podía ganar una guerra nuclear y de los primeros pasos dados hacia el control de los arsenales, el mundo capitalista y el mundo comunista seguían enfrentados sin cuartel. Y seguían sin entender sus formas de pensar.

La serie “Alemania 83”, el gran éxito europeo de 2015, refleja esta desconfianza fruto del aislamiento y del encarnizado enfrentamiento ideológico. A pesar de la completa irracionalidad de una guerra nuclear, ambas partes no descartaban que su oponente fuera a comenzar el holocausto. Simplemente no se fiaban. En ese caso, la única manera de sobrevivir hubiera sido disparar primero y confiar en que un primer golpe mortal dejara al enemigo fuera de combate sin posibilidad de responder. Pero nadie quería ser el agresor, a no ser que hubiera pruebas claras de sufrir un ataque primero. En ese caso golpear sin dilación resultaría fundamental para sobrevivir.

En la serie el temor y la desconfianza hacia el otro casi provocan el comienzo de una guerra en respuesta a un supuesto ataque que resulta ser falso: el miedo a punto está de provocar un ataque preventivo que hubiera supuesto el fin del mundo. Un caso ficticio que, sin embargo, pudo haber ocurrido perfectamente.


Un año peligroso

Misil Pershing II
1979 fue un año peligroso. Sobre todo el mes de diciembre. Pocos días antes de que la URSS invadiera Afganistán en un ambiente de alta tensión con Occidente, el 12 de diciembre los países miembros de la OTAN proclamaron la llamada “doble decisión”: por un lado pedían a los EEUU que estacionara misiles de corto y medio alcance Pershing II en Europa occidental –unos misiles que podían llevar una cabeza nuclear-, y por el otro exigían a las dos superpotencias el comienzo de conversaciones bilaterales para reducir precisamente el arsenal de esos misiles.

Parece contradictorio: por un lado se piden misiles y por el otro se pide destruirlos. Millones de personas no lo comprendieron y salieron a la calle en casi toda Europa occidental exigiendo que no se desplegaran los Pershing II. Fue el nacimiento del movimiento por la paz de los 80, lo que en España se acabó haciendo famoso por sus marchas contra la base estadounidense de Torrejón y por su grito “OTAN no, bases fuera”. En el Reino Unido se rodearon bases y en Alemania federal millones de personas cogidas de la mano atravesaron el país en infinitas cadenas humanas por la paz. Aunque no afectó al despliegue de los misiles, fue un movimiento intenso que tuvo consecuencias políticas: nacieron los Verdes, hoy uno de los principales partidos políticos alemanes.

¿Por qué tomaron los países de la OTAN esta extraña decisión? Por miedo a la URSS. A finales de los años 70 los dos enemigos de la guerra fría habían llegado a un acuerdo para no construir ni desplegar más misiles nucleares estratégicos. Es decir, los misiles que se instalaban en enormes silos y que podían sobrevolar los océanos en pocos minutos para llegar al otro lado del mundo con su carga mortal. Nada decía el acuerdo de los misiles tácticos, aquellos como los Pershing II que llegaban hasta pocos miles de kilómetros de distancia. Y como no decía nada de estos misiles, los soviéticos empezaron a desplegar los suyos, llamados SS 20, en Europa oriental. Los SS 20 eran potentes, fiables y, sobre todo, se podían disparar desde dispositivos móviles sin necesidad de grandes instalaciones fijas que se podían localizar y destruir. Por lo tanto, los soviéticos podían esconder sus misiles en el bosque y tomar a sus enemigos por sorpresa en cualquier momento, o eso temían los europeos occidentales.

Misiles SS 20
Los SS 20 no podían llegar a los EEUU, por lo que muchos en Alemania Federal, Francia o Reino Unido temían que los estadounidenses pudieran dejar abandonados a sus aliados en caso de ataque soviético para no recibir el golpe nuclear. Muchos sintieron miedo y pensaron que los soviéticos aprovecharían esa ventaja para atacar y ganar la guerra fría. Seguían creyendo que los comunistas querían apoderarse del resto del viejo continente. Por eso la “doble decisión” de la OTAN fue, en realidad, una prueba para que los EEUU demostraran que seguían siendo un aliado de fiar y que se involucraban de lleno en una posible guerra a pesar de que no le afectaban directamente los misiles soviéticos.

Los soviéticos, por su parte, creían que los capitalistas no desaprovecharían ninguna oportunidad para destruir a la URSS, y por eso trataron de compensar la limitación de misiles estratégicos con los SS 20. El ambiente cada vez más tenso con la OTAN por el despliegue de esos misiles fue empeorando cada vez más. En diciembre de 1979 la “doble decisión” fue interpretada como una farsa y una excusa de los EEUU para justificar su despliegue de los Pershing II en Europa, lo que aumentó la sensación de asedio que sufrían los soviéticos, una sensación que fue en aumento por la dura condena contra la intervención soviética para apoyar al régimen amigo en Afganistán el 27 de diciembre, invasión que los EEUU interpretaron como una guerra de conquista y de expansión.

Malos entendidos por ambas partes debido a la profunda desconfianza que se profesaban mutuamente y a la imposibilidad de penetrar en la mente del otro.

Todo terminó cuando pocos años después el nuevo secretario general del Partido Comunista de la URSS, Mijaíl Gorbachov, descubrió que su país estaba prácticamente arruinado y tendió la mano para frenar la escalada y comenzar un desarme absolutamente fundamental para salvar a la Unión Soviética, que no tenía recursos para abastecer a su población y modernizar sus condiciones de vida. Pero llegó tarde.


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