7/11/13

LA REVOLUCIÓN LLEGA A ALEMANIA


El 7 de noviembre de 1918, hace hoy 95 años, Luis III, el último rey de Baviera huyó de Múnich y abandonó el trono que su familia había gobernado desde tiempos de Napoleón. Huyó porque sentía miedo cuando miles de trabajadores y soldados convocaron una huelga y marcharon a su palacio con la intención de derrocarlo. La revolución había llegado a Baviera, la región más conservadora de Alemania, y no tardaría en extenderse al el resto del país. Sólo dos días después, el 9 de noviembre, el mismísimo Káiser Guillermo II también tuvo que hacer las maletas.

A finales de 1918 el mundo estaba cambiando. En Rusia hacía un año que los bolcheviques de Lenin se habían hecho con el poder que defendían con uñas y dientes en una terrible guerra civil. Los imperios austrohúngaro y otomano se estaban desintegrando, desapareciendo así dos actores que habían acompañado la historia de Europa y Oriente Medio desde la Edad Media. Y en Francia, las trincheras que habían permanecido inmóviles desde 1914 a pesar de las sangrientas ofensivas para quebrar el frente, estaban desintegrándose a pasos agigantados.

Alemania era la gran perdedora. Empezó la guerra siendo la potencia industrial más poderosa de Europa, la más poblada y con el ejército más potente. Cuatro años después, su economía estaba arruinada y su población hambrienta y cansada. El Káiser y el alto mando del ejército, que antes de la guerra gozaban de un prestigio casi mítico entre la sociedad alemana, eran acusados de alargar una agonía que solamente hacía sufrir más al pueblo. Su prestigio estaba por los suelos. Pero no así el de los contrarios a la guerra, que disfrutaban de un apoyo inimaginable cuando tan sólo unos años antes la gente se agolpaba en las calles para aplaudir a los soldados mientras desfilaban hacia el frente.   

Manifestación en Berlín, noviembre 1918.
Los contrarios a la guerra eran, sobre todo, socialistas. El partido socialdemócrata alemán, el SPD, era el más grande de Europa y era el que más diputados tenía en el Parlamento, el Reichstag. En 1914 apoyó la guerra. Fue una decisión muy polémica que acabaría dividiéndolo poco a poco hasta que en 1918 había dos partidos: el SPD tradicional, y los contrarios a seguir la guerra que cada vez eran más y más en torno al nuevo partido USPD (el SPD independiente). Del seno socialdemócrata también había surgido un grupo claramente antibelicista llamados los “Espartaquistas” en torno a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, que ya desde prácticamente el principio se arriesgaron en condenar la guerra cuando todavía la inmensa mayoría de la sociedad opinaba que era un deber y un acontecimiento patriótico luchar en ella, sufriendo por ello el encarcelamiento y la persecución de sus miembros.

La oposición a la guerra había dividido al movimiento socialdemócrata alemán y barrido de un plumazo el apoyo social al antiguo régimen semiautocrático del Káiser. Alemania estaba prácticamente sin gobierno, vencida por sus enemigos que avanzaban hacia sus fronteras y sacudida por una serie de huelgas iniciadas por los marinerosde la flota que, rebelándose contra una orden absurda de sus oficiales de “morir con honra” en una última batalla en alta mar, se habían rebelado y, al igual que sucedía en Rusia, se hacían con el control de cada vez más ciudades alemanas creando consejos de soldados y obreros con el fin de deponer al Gobierno y parar la guerra. Sobre todo el objetivo era poner fin a la guerra.

El espejo en el que se miraban era la revolución de los bolcheviques. Estaban triunfando en Rusia desde su conquista del poder en noviembre de 1917 y habían puesto fin a la guerra con Alemania como consecuencia del cansancio popular y el rechazo a las antiguas élites, un proceso parecido a lo que estaba viviendo Alemania un año después. Pero Lenin sabía que Rusia, a pesar de su enormidad geográfica, era un país débil que carecía de las riquezas y la capacidad productiva de las grandes potencias industriales europeas, sobre todo Alemania. En su estrategia, los bolcheviques rusos debían resistir a sus enemigos que trataban de desalojarlos del poder al menos el tiempo suficiente hasta que la revolución triunfara también en Alemania y ayudara a Rusia. Ese plan a punto estuvo de tener éxito.    

El Káiser estorba
El 7 de noviembre 1918 el rey de Baviera huyó. Aunque no tenía poder efectivo desde la unificación alemana de 1871, seguía siendo una figura muy importante en su tierra y, sobre todo, el símbolo de un orden que se estaba desmoronando. Dos días después, el 9 de noviembre, la revolución llegó a la capital, a Berlín, y el que tuvo que salir de Alemania para no volver fue el Káiser Guillermo II. Su presencia se había vuelto incómoda a la hora de pedir la paz a los aliados, en concreto a los EEUU que, con el presidente Wilson a la cabeza, se presentaba como el defensor de la democracia contra una monarquía autoritaria. En Alemania creían que la figura del Káiser estorbaría en las conversaciones de paz, y que Alemania podría conseguir mejores condiciones si se deshacía de él.

El Káiser y su Alto Mando.
Esta idea no partió de los enemigos tradicionales de la monarquía, los socialistas, sino de sus seguidores más acérrimos, los militares. El propio jefe del Estado Mayor alemán, el general Erich Ludendorff, había renunciado a su cargo un mes antes declarando que Alemania había perdido la guerra. No quiso dar la cara ni asumir su responsabilidad. Se trataba ahora de buscar a alguien, a un cabeza de turco que asumiese el desgaste social y político que eso conllevaba. El papel de verdugo de la monarquía y del antiguo orden sólo podía recaer en un partido: el SPD.

Los socialdemócratas serían los creadores de la nueva república, pero también el objeto del odio y de la frustración de los sectores sociales más conservadores que habían creído ciegamente en la victoria alemana y ahora se enfrentaban a una derrota que no se podían explicar. Para ellos los culpables de la derrota no había sido ni el Káiser ni sus generales con sus planes negligentes. Habían sido el SPD y los demócratas los que habían traicionado al país y se habían rendido a los enemigos clavando una puñalada en la espalda a los soldados alemanes. Había nacido así una leyenda negra y el principio del fin de una república que acababa de nacer.

La doble república
Proclamación de la república por Scheidemann.
Ese nacimiento se produjo el mismo 9 de noviembre de 1918 y lo fue por partida doble. Por un lado, el diputado socialdemócrata Phillip Scheidemann proclamó la República Alemana desde una ventana del Reichstag ante una masa congregada tras conocer la huída de Guillermo II. Por el otro, el líder de los espartaquistas (que muy pronto se convertiría en el Partido Comunista de Alemania, KPD), Karl Liebknecht, proclamó la República Socialista Alemana desde un balcón del palacio imperial de Berlín recientemente abandonado. Eran dos repúblicas muy diferentes y enfrentadas que habían nacido a la vez. La república de Scheidemann apostaba por una democracia parlamentaria al estilo occidental, mientras que la de Liebknecht buscaba ser la continuidad de la revolución bolchevique en suelo alemán, justo lo que Lenin estaba esperando para salvar su propia revolución.

Proclamación de la república por Liebknecht.
La izquierda alemana estaba profundamente dividida ya que defendía dos modelos políticos enfrentados. Para triunfar uno u otro dependían del apoyo del USPD, nacido de la polémica sobre el apoyo socialdemócrata a la guerra. En ese partido había muchos partidarios y simpatizantes de la revolución bolchevique en Rusia, pero también muchos detractores. Lo único que les mantenía unidos era su afán por terminar la guerra.

La paz llegaría dos días después, el 11 de noviembre de 1918. Al menos con los aliados, porque en Alemania aún quedaba por saber qué izquierda iba a ganar –los socialdemócratas o los comunistas- y qué tipo de república se iba a imponer. Y sobre todo, si la república triunfante iba a ser reconocida y admitida por la mayoría del pueblo alemán, también por la derecha nacionalista que consideraba que la paz había sido una traición. Una manera de pensar que compartían millones de alemanes en esos días, como ese cabo herido al que llegó la noticia del fin de la guerra mientras estaba ingresado en un hospital de campaña. Ese soldado se llamaba Adolf Hitler.  Años después fundamentó su éxito político en el odio y el rechazo a esta república nacida de la “puñalada en la espalda”.


La Primera Guerra Mundial había terminado, pero la paz tardaría algún tiempo en llegar a Alemania y al resto de Europa.

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