8/9/13

1923, el año de las crisis en Alemania


Hay veces en la historia de un país que éste corre el riesgo de desaparecer. Puede ser víctima de una invasión extranjera, intentos de secesionismo, una guerra civil o una crisis económica salvaje que destroza sus entrañas. Alemania sufrió todo esto y a la vez hace 90 años, en 1923. Pero aguantó.

En 1923 Alemania sufrió una serie de tensiones que a punto estuvieron de provocar un desastre. Hacía muy poco que acababa de perder la Primera Guerra Mundial y la posguerra golpeaba con toda su rabia. Desempleo, crisis económica y una aplastante depresión colectiva marcaban la cotidianeidad alemana. Nadie podía entender cómo habían podido haber perdido una guerra que creían ganada. Necesitaban un chivo expiatorio y rápidamente lo encontraron en la joven república que llevaba el nombre de la pequeña ciudad sajona de Weimar, y que había surgido de las cenizas de un imperio de marcado acento prusiano, feudal y militarista.

La república tuvo que negociar la paz en Versalles en 1919 y aceptar unas condiciones inaceptables. Alemania fue señalada como la única culpable de la guerra, y por ello se le hizo pagar con su territorio, sus ciudadanos y su riqueza. Muchos en el bando vencedor se dieron cuenta de que las condiciones eran excesivas. Se parecía más a una “paz cartaginesa”, como la definió Keynes, para humillar y hundir al vencido y no para evitar una nueva guerra en el futuro. Alemania fue obligada a pagar miles de millones de marcos a los vencedores en concepto de ‘reparaciones’ por los daños ocasionados en el conflicto. Sobre todo Francia fue muy vehemente e inmisericorde y no perdonó ni un ‘Pfennig’. La causa era que los franceses estaban, a su vez, endeudados hasta las cejas con los EEUU que les habían prestado millones para luchar contra los alemanes. Ahora esa deuda la pagaría Alemania.

Soldados franceses entrando en Renania.

La república tuvo que firmar este tratado, que además prohibía a Alemania tener un ejército más allá de 100.000 hombres. Una milicia minúscula comparada con al francesa. Pero en la Alemania de la posguerra había millones de soldados desmovilizados de un ejército vencido y para los que no había ninguna ocupación excepto seguir armados, esta vez al servicio de los extremismos políticos.

En 1919 se sucedieron los golpes de estado y los asaltos al poder por parte de los espartaquistas y el recién creado Partido Comunista por un lado –espoleados y apoyados por la triunfante revolución bolchevique en Rusia-, y la ultraderecha por el otro. El Gobierno socialdemócrata estaba asediado y haciendo literalmente equilibrismos para que la situación no se escapara de su precario control. Para ello no dudó en utilizar a los paramilitares ultraderechistas contra los comunistas, y a las masas trabajadoras y a los sindicatos contra los ultraderechistas. Una aparente contradicción que marcaría toda una cultura política en el futuro y su destino.

La invasión francesa y la crisis económica
Niños jugando con fajos de billetes.
En 1923 la situación distaba mucho de haber mejorado. El  año comenzó con un desastre cuando los aliados, en concreto Francia y Bélgica, invadieron y ocuparon Renania. La causa era que querían asegurarse el pago de las reparaciones de guerra que habían estipulado en el Tratado de Versalles. Ocuparon las minas de carbón y las industrias del Ruhr. El corazón económico alemán estaba en manos extranjeras y el Gobierno poco pudo hacer para evitarlo, excepto declarar una “resistencia pasiva” que, en muchos casos, acabó con la ejecución sumaria de ciudadanos alemanes por parte de los ocupantes.

Los franceses y belgas habían invadido esta parte de Alemania cuando se suponía que ya no había guerra porque querían cobrar. Alemania estaba sufriendo una crisis económica durísima y una inflación brutal que golpeaba a la población. Los costes de la guerra y, sobre todo las reparaciones de guerra impuestas en Versalles, destrozaron la economía. Entre 1918, el fin de la guerra, y 1922 el Marco alemán dejó de valer. De pronto los billetes de lo que fue una moneda fuerte dejaron de tener sentido.

Billete bancario de un billón de marcos, de diciembre de 1923.

Los billetes de 5, 10, 20 o 1.000 Marcos fueron sustituidos por billetes primero de miles y después de millones de Marcos. Los salarios se cobraban por la mañana para poder hacer compras de urgencia antes de que los precios del pan y otros bienes básicos subieran varios millones de Marcos por la tarde. Al principio la gente llevaba carretillas cargadas de monedas, al final esas carretillas estaban cargadas de billetes de billones de Marcos para comprar una barra de pan.

¿Un país independiente en el Rin?
Pero la invasión francesa tenía una razón oculta más allá de asegurarse el cobro de las deudas. Desde la época de Luis XIV Francia quería llevar sus fronteras al Rin. Este interés se multiplicó cuando la Revolución Industrial convirtió el carbón en un material fundamental para alimentar las fábricas. Renania era una enorme reserva de carbón que alimentaba la industria alemana y los franceses querían cambiarlo. Para ello fomentaron un movimiento secesionista para crear una República Renana que no iba a ser otra cosa que un estado títere de París.

Alemania en 1923.
Renania contaba con cierta tradición autonomista que se remontaba al S. XIX, cuando cayó en manos de Prusia después de las guerras napoleónicas. Pero en 1923 era un sentimiento muy minoritario. Aún así, en octubre de 1923 los pocos separatistas que los franceses habían conseguido reclutar proclamaron su “independencia”. La capital sería Coblenza (en la confluencia del Mosela con el Rin) y también abarcaría algunos territorios transrenanos en Hesse, casualmente zonas industriales y carboníferas importantes. Los franceses reconocieron a este gobierno como legítimo, pero sólo duró un mes. La mayoría de la población no estaba por la labor de separarse de Alemania y los tumultos y el descontento aconsejaron a los franceses abortar su experimento.

Francia mantuvo una última carta bajo su control. El Sarre y sus enromes reservas carboníferas, estaba bajo administración de la Sociedad de Naciones desde el fin de la guerra. Francia quería anexionarlo, pero al final permitió que unas elecciones futuras decidieran el status de este territorio. Estas elecciones no se celebraron hasta 1935, ya en pleno régimen de Hitler en Alemania, y la inmensa mayoría de los habitantes del Sarre votaron volver a ser alemanes, contagiados por la ola de optimismo y de recuperación nacional que estaban liderando los nazis. Una decisión nefasta.  

Una nueva revuelta comunista
Represión en las calles por los levantamientos comunistas.

A la invasión francesa y la crisis económica se sumó el último intento comunista de hacerse con el poder de forma violenta. Aunque fueron vencidos en 1919 y sus líderes ejecutados, los comunistas mantenían una fuerte presencia y tradición en algunos bastiones obreros como Sajonia, Turinga y Hamburgo. Fue en esas regiones donde se produjo un levantamiento armado apoyado por la Internacional Comunista aprovechando el caos en el resto del país. Sería la última oportunidad de hacer triunfar la revolución bolchevique también en Alemania, el objetivo fundamental de Lenin y Trotski para hacer triunfar definitivamente sus planes revolucionarios a nivel mundial.

En octubre de 1923 los obreros de Hamburgo erigieron barricadas. Querían ser los primeros de la nueva revolución alemana, una señal para que el resto de los obreros alemanes les siguieran. Sin embargo, lo que siguió no fue la revolución, sino la prohibición de los gobiernos socialistas y comunistas en Turinga y Sajonia por el Gobierno central, también socialista. Los comunistas se defendieron y la lucha llegó a ser como una guerra civil.

Finalmente el ejército triunfó y los comunistas fueron barridos. El Partido Comunista fue ilegalizado durante un tiempo y, sobre todo, perdió muchos de los apoyos obreros con los que contaba hasta el momento. Fue un punto de inflexión. Desde ese momento, llamado por los comunistas la “derrota de octubre”, ya no intentarían una revolución armada en Alemania. Su lucha se centraría, sobre todo, en el Parlamento.

La primera aparición de Hitler
Adolf Hitler en 1923.

El año 1923 terminó con lo que en apariencia era sólo un golpe de Estado más de los que asoló Alemania ese año. Esta vez fue en Múnich, en noviembre, y estaba encabezado por un pequeño y joven partido extremista de ultraderecha llamado NSDAP, el Partido Nazi. Su líder era Adolfo Hitler, un ex militar de origen austriaco, que quiso imitar a su ídolo Mussolini que un año antes había llegado al poder en Italia tras la “Marcha sobre Roma” de sus camisas negras fascistas.

Hitler quería hacerse con el control de Múnich y de Baviera, y después marchar sobre Berlín y deponer al Gobierno. Contaba con algunos ex combatientes y, sobre todo, con la figura del ex jefe del Estado Mayor del ejército del Káiser durante la Primera Guerra Mundial, Erich Ludendorff. Este era un personaje muy respetado en los círculos conservadores y Hitler pensó que podía contar con el apoyo de la derecha alemana.

Pero sus cálculos fueron prematuros. Su golpe no pasó de Múnich, donde algunos de sus seguidores murieron por los disparos de los soldados. Hitler y la dirección nazi fueron detenidos. Parecía el fin de sus sueños de alcanzar el poder. Pero resultó ser sólo el principio. Encarcelado sólo durante un año en unas condiciones envidiables de confort, reestructuró al partido y lo preparó para un giro en la estrategia: del golpe de Estado se pasaría a la lucha en la calle por el voto y por el control del Parlamento. Esta estrategia sería un éxito, y diez años después de este 1923 tan conflictivo, Hitler acabaría llegando al poder.

     

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