28/4/13

LOS OJOS DE FRANCO EN BRUNETE

Vistas desde la posición franquista.
Sobre una montaña abrupta y rocosa de la estribación de la Sierra Oeste de Madrid, escondido en su ladera, los restos de hormigón de un campamento militar siguen al acecho desde la Guerra Civil. Centenares de soldados vivieron, durmieron, comieron y dispararon allí contra sus enemigos. Defendían un puesto de observación privilegiado desde el cual se divisaba todo el combate que se desarrollaba a sus pies. Eran los ojos de Franco sobre el campo de la Batalla de Brunete.     

 
Entre los días 6 y 25 de julio de 1937 se luchó encarnizadamente por el campo alrededor del pequeño pueblo madrileño de Brunete. La resistencia fanática de ambos bandos convirtió la lucha en una carnicería. Los soldados tuvieron que soportar un intenso calor y una sed espantosa que, junto al miedo y las balas y obuses disparados sin descanso y en todas direcciones, convirtieron ese lugar en lo más parecido a un infierno.


La Batalla de Brunete comenzó como un intento por parte de la República de conseguir una victoria sobre Franco. Madrid estaba siendo asediada desde noviembre de 1936 y los soldados franquistas se habían instalado definitivamente en la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo, literalmente a un tiro de cañón del centro de la capital. El objetivo republicano era rodear a estos soldados enemigos por la espalda y obligarles a rendirse o retirarse. Por otro lado, desde un punto de vista estratégico, se quería obligar a Franco a cancelar su ofensiva en Cantabria retirando soldados hacia Madrid.

 
Para ello el plan republicano preveía lanzarse al ataque desde el oeste de Madrid, desde la zona entre Valdemorillo y Majadahonda, hacia el sureste, hacia Villaviciosa de Odón, pasando por Villanueva de la Cañada, Quijorna y Brunete. Para ello contarían con las mejores tropas del Ejército Popular, los mismos soldados que ya resistieron en Madrid, el Jarama y en Guadalajara.   


La ofensiva comenzó bien para los republicanos cogiendo por sorpresa a sus enemigos, pero pronto pagaron su falta de profesionalidad. Eran buenos defensores, pero les faltaba experiencia en el ataque. En vez de aprovechar la ventaja de la sorpresa y rodear los obstáculos hasta el objetivo final, los soldados republicanos se entretuvieron en combatir la resistencia de los franquistas en los pueblos que iban siendo atacados. Tardaron un tiempo precioso en derrotar a los falangistas sevillanos que resistieron en Villanueva de la Cañada, Quijorna y Brunete, tanto que las mejores tropas franquistas tuvieron tiempo de llegar al campo de batalla desde el frente del Cantábrico y frenar la ofensiva republicana. Al menos consiguieron frenar el ataque de Franco contra Santander, aunque sólo por un tiempo.

Heridos republicanos en la batalla.
La ofensiva republicana se detuvo y se convirtió en una lucha defensiva contra el contraataque franquista. Las bombas caían por doquier, la aviación franquista, la temible Legión Cóndor alemana, ametrallaba el campo a placer. Las balas perdidas hacían mortalmente peligroso mantenerse erguido en el campo de batalla, y la sed y el calor del mes de julio multiplicaron las bajas por ambas partes. Al final de la batalla, el 25 de julio, los republicanos sólo se quedarían con dos kilómetros de todo su avance. Para ello habían perdido 20.000 soldados y los franquistas unos 17.000 entre muertos y heridos. Una tragedia que no siempre se debía a los disparos enemigos. La fotógrafa Gerda Taro, la pareja de Robert Capa, murió el último día de la batalla, …. arrollada por un tanque republicano de su propio bando por un accidente.   


Restos en las alturas

Mientras la batalla se iba desarrollando sin cuartel en la llanura, el puesto de observación franquista cerca de Navalagamella jugó un papel importantísimo en el desarrollo de la batalla. En lo alto de una cota de la estribación de la sierra madrileña, protegido por el Río Perales, resistió el ataque republicano de los soldados de “El Campesino” y dirigió el fuego contra sus enemigos. No se le escapaba ningún detalle. Todos los movimientos republicanos eran observados y registrados desde lo alto. Cada ataque, cada plan era descubierto. Los ojos de Franco en el campo de batalla jugaron un papel muy importante en el fracaso republicano.

Vistas desde el puesto de observación franquista.

Los franquistas sabían que debían su ventaja a esta posición. A casi cuatro kilómetros al sur de Navalagamella, resguardado en la ladera y protegido por la vegetación, construyeron un campamento sólido y resistente hecho de hormigón, a pesar del inmenso esfuerzo que supondría llevar hasta allí el material de construcción a través de un terreno sumamente abrupto. Pero las molestias por fortificar esta posición clave les merecieron la pena. Nunca fue conquistada.


Capilla.
Aún hoy, 76 años después y debido a la solidez de la construcción y a la soledad del entorno, este campamento continúa en pie. Solamente los tejados de los barracones derruidos, la vegetación salvaje y las trincheras colmatadas por el tiempo señalan que hace ya mucho tiempo que nadie ha acampado allí. Sin embargo, siguen en pie los muros de hormigón de lo que fueron los dormitorios, la cocina, los almacenes e incluso la letrina. También están visibles los restos abovedados de lo que sería una capilla. Una placa con el yugo y las flechas y una inscripción de homenaje a José Antonio Primo de Rivera -fundador y líder de Falange hasta su muerte en 1936- sobrevivió hasta hace muy poco, según consta en fotografías recientes. Hoy está hecha añicos.
 

En esta posición se atrincheraron y observaron todos los movimientos enemigos. Los soldados de Franco estuvieron allí hasta el final de la guerra. Cuando ganaron, bajaron de lo alto para no subir más. Hoy, sólo los restos de piedra y hormigón recuerdan que hace 76 años los ojos de Franco estuvieron allí, observándolo todo.  
Posible puesto de mando o almacén.
 
Barracones de hormigón.

 
Placa falangista destrozada (arriba) y antes de su destrucción (abajo)

 
Posible letrina.





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